Ocean Bay o «El Paraiso Perdido»

Especial Virus

El Presidente Alberto Fernández anunció, el pasado 8 de Junio, la intención de expropiar la empresa Vicentín y dar “un paso hacia la soberanía alimentaria”.

Por: Oscar Dinova, escritor mercedino

La medida, sorprendió a propios y extraños y despertó la contundente reprobación de los ciudadanos santafesinos, que según sus palabras, iban a estar más que contentos con la intempestiva decisión.

Sonaba extraño e irreal el concepto, en un país que produce más alimentos que los que consume y hace de ellos el principal y genuino recurso económico colectivo. Se asemejaba más a un nuevo relato que a una verdad simple y sencilla. Y terminaba su alocución desafiando a un pueblo ya harto de una cuarentena selectiva y promesas incumplidas con la posibilidad de que en el parlamento se demostrara “si íbamos hacia Venezuela o al infierno”.
Entonces, las dos cosas vinieron hacia nosotros, para demostrarnos, en que quedó el sueño de soberanía alimentaria empezado en 1999 con la llegada de Chávez al poder. En la ciudad de Güigüe, estado de Carabobo, un grupo de habitantes del lugar secuestraron al último gran Campéon hípico del hermano país. La intención no era de pedir rescate por su devolución o venderlo clandestinamente. Era comerlo.

Los sueños se van con la noche. Y tan solo queda
una bruma lejana e inatrapable (O. Soriano)

En un acto propio de la desesperación reinante y del salvajismo que impera en este sálvese quien puede del hambre y la miseria moral, Ocean Bay fue sacado de donde descansaba y descuartizado a poca distancia, quedando sus restos esparcidos en el lugar.
Era un animal excepcional, dotado como pocos para el hipismo y dueño de victorias épicas que llenaban de orgullo a los habitantes del municipio donde estaba afincado el haras “La Alegría”.
Ocean Bay era el hijo pródigo del lugar, dueño de un talento y una guapeza propias de un Campeón, que se había alzado con las mejores carreras de su país.
En la actualidad estaba asignado a ser un padrillo para obtener nuevos campeones, en una actividad que genera empleos y divisas con las ventas de animales prometedores.
No es un hecho aislado, o propio de un lunático. Su madre, Stella Babe, había sido carneada hace cuatro meses. Los improvisados cuatreros buscaban saciar un hambre que ya lleva instalada años en el sufrido país sudamericano y que empujó a millones al destierro.
Los gobiernos de Chávez y Maduro tuvieron oportunidades de mejorar la producción alimentaria. Con la altísima renta petrolera de años recientes llevaron razas de carne y leche de países productores entre los cuales estaba el nuestro. Estancias como La Elisa de la vecina Capitán Sarmiento exportaron reproductores y lecheras de altísimo nivel.
Pero los animales nunca salieron de las populosas barriadas de Caracas para llegar a los llanos venezolanos. Fueron el botín de agrupaciones revolucionarias que las repartieron en cooperativas populares que terminaron dándoles el mismo fin que a Ocean Bay.
Un pueblo culto y amable como el venezolano no llega, porque sí, a tales actos de ferocidad y locura colectivas. La pérdida del paraíso prometido los ha arrojado a la más cruel de las orfandades; están abandonados a su suerte.
Que el hambre de un pueblo y el martirio de un noble animal sea el espejo donde mirarse, especialmente nuestro presidente, para que no emprenda un camino hacia el abismo de todos los argentinos.

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