Tras las primeras huellas de América

Con el reciente hallazgo de la evidencia humana más antigua de América, la historia del poblamiento podría llegar a cambiar. La antropóloga Ana Tropea analiza el rol del sentido común en las teorías tradicionales del poblamiento del ‘nuevo mundo’.

Tras las primeras huellas de América

Carolina Vespasiano (Agencia CTyS-UNLaM) –
“…Se ha de decir que pasaron, no tanto navegando por mar, como caminando por tierra; y ese camino lo hicieron muy sin pensar, mudando sitios y tierras poco a poco; y unos poblando las ya halladas, otros buscando otras de nuevo, vinieron por discurso de tiempo a henchir las tierras de Indias de tantas naciones y gentes y lenguas…”

En su Historia Natural y Moral de las Indias, el sacerdote jesuita José de Acosta dejó por escrito una posibilidad que, cuatro siglos más tarde, adquirió peso de ley: el hombre pobló América de Norte a Sur, y lo hizo tras un largo peregrinaje desde Asia.

En la década de 1930, la arqueología anglosajona determinó que el poblamiento de América se dio por el estrecho de Bering, en plena glaciación, 15.000 años atrás. El descubrimiento de distintos artefactos, como sofisticadas puntas de proyectil talladas en roca, en varios sitios arqueológicos de Norteamérica, fue prueba ‘suficiente’ para avalar esa teoría, que se llamó modelo Clovis.

Hubo otros descubrimientos arqueológicos mucho más antiguos al sur del continente que pusieron en duda el modelo Clovis. Uno de ellos fue el reciente hallazgo, por parte del Doctor Carlos Aschero, de mechones de pelo humano, artefactos de roca, y huesos y excremento de megafauna que datan de 40.000 años en un yacimiento conocido como Cacao, en Antofagasta de la Sierra, al norte de Catamarca.

La noticia causó conmoción porque pone en jaque lo que se conoce hasta el momento acerca del poblamiento de América. Sin embargo, lejos de ser olvidada, la hipótesis Clovis se sigue imponiendo como un dogma y una referencia ineludible. La antropóloga e investigadora de CONICET, Ana Tropea, analiza los sesgos presentes a la hora de estudiar la llegada del humano al ‘nuevo mundo’.

Una historia sencilla
Según Tropea, el modelo Clovis sobrevive por dos motivos. En primer lugar, por su simpleza: un grupo de humanos caminó por miles de kilómetros sobre hielo para llegar a un territorio despoblado. “En un breve enunciado –apunta la investigadora- se describe un proceso de una complejidad abrumadora porque involucra una escala temporal y espacial gigante”.

En segundo lugar, porque la hipótesis se comprueba por medio del sentido común antes que por el criterio científico. “Clovis está siempre asociado con colonización, o sea que el poblamiento de América es, en realidad, la colonización de América. La idea de un grupo de humanos caminando sobre un glaciar no tiene correlato con la dinámica de la vida de los cazadores recolectores. Así pareciera que los primeros pobladores tenían un objetivo imperialista”, explica Tropea.

De esta manera, a aquella antigua humanidad se le atribuye un modo de concebir la vida y de relacionarse con el territorio idéntico al de humanidad contemporánea, y eso, según la antropóloga, “genera una identificación directa con esta sociedad y una naturalización de un modo social y cultural del ser”.

“Si hoy somos lo mismo que fuimos en el pasado –señala- en relación con el territorio, esa relación tiene que ser natural al ser humano. Si a lo largo de 15.000 años la naturaleza fue vista como una fuente externa que me da recursos y yo tomo cosas, se naturaliza una lógica capitalista y extractiva, una forma de estar en el mundo, que es muy intuitiva”.

La arqueología, la antropología física, la antropología biológica y la lingüística llevan años tratando de responder la pregunta del poblamiento americano e intentando, sin éxito, hacer coincidir sus respuestas. Tropea sugiere que parte del problema es, justamente, las interpretaciones de los datos y el modelo de humanidad que se quiere reconstruir y debe ser problematizado.

Por otro lado, advierte que las jerarquías impuestas entre las disciplinas también generan tensiones a la hora de poner en común los conocimientos: “Hay que asumir un escenario plural, y para eso todas las ramas de la ciencia tienen que valer lo mismo. Pareciera que para poder armar esa trama hay que asumir una única ontología: que la humanidad era, es y será colonizadora”.

Una ventana hacia el pasado
Durante la presentación del estudio de Aschero en el Centro Cultural Paco Urondo, el arqueólogo Luis Abel Orquera indicó que la noticia “no solo tendrá repercusiones en Latinoamérica, sino sobre el conocimiento del viejo mundo” y se permitió exponer dos conjeturas acerca de quiénes fueron aquellos humanos que pasaron por la Puna, a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar.

“Entre el norte de China y el estrecho de Bering hay 5.000 kilómetros de distancia, más los 13.000 o 14.000 que hay desde el estrecho de Bering hasta la Puna de Atacama, lo cual indica que los descendientes de América tienen que haber sido muy anteriores y descender de antepasados mucho más antiguos”, argumentó el arqueólogo.

Así, plantó la posibilidad de que el primer poblamiento de América pudo haber sido efectuado por especies anteriores a los sapiens sapiens, como los neandertales, o que hayan existido oleadas migratorias mucho más antiguas del hombre moderno que aún no hayan sido descubiertas.

“Si hasta hace pocos meses pensábamos que el poblamiento de América pudo haber ocurrido hace 15.000 o 20.000 años, los primeros pobladores tuvieron que ser necesariamente homo sapiens sapiens de aspecto moderno. Hoy ya no lo podemos decir. Si se confirma la antigüedad de 40.000 años, tendríamos que aceptar la duda de que pudieron haber sido neandertales”, reflexionó.

El poblamiento de América sigue despertando pasiones y debates. Si con nuevos hallazgos el modelo Clovis se destierra, el desafío que se aguarda es todavía mayor: encontrar otra explicación sencilla y superadora que contemple de forma crítica los prejuicios de nuestra sociedad moderna. Tal vez, como decía José de Acosta, a esos antiguos peregrinos los movió la armonía con su entorno, con su medio de vida, que inexorablemente los empujó a caminar.

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