El sótano de Kafka

La soledad es el refugio de todo escritor. Las bibliotecas vacías son paraísos terrenales para quienes gozamos el placer de la lectura voraz. Entrar en una buena historia es un camino sin regreso, o bien una cárcel en la que nos sentimos a gusto y acaso hasta libres y agradecidos.

El silencio nos da seguridad y la ausencia de miradas ajenas nos adentra en la única imagen posible para un lector. La novela que estamos desentrañando, el cuento que a cada paso nos intriga mas o la poesía que a cada línea nos mas nos emociona.
La gente en un colectivo a nuestro alrededor, en cambio, son como las moscas que retrataba Antonio Machado en su poema homónimo. Viejas moscas voraces como abejas en abril… Inevitables golosas, que ni labráis como abejas, ni brilláis cual mariposas; Moscas que todo lo invaden, que zumban como zumban las balas en la tarde última.

En el Poema Conjetural de J.L.B en donde Francisco de Laprida moría con el íntimo cuchillo en la garganta de los montoneros de Aldao en 1829. Así, ultimado por ojos como lanzas se siente el apasionado lector.
Por eso es que necesitamos de la soledad más absoluta y del silencio más perfecto para escucharnos leer. Y aunque parezca demasiado, de la más sutil llama de una vela que solo nos permita ver la hoja que estamos leyendo. Así pensaba Frank Kafka. El gran escritor checo, autor de celebres novelas y relatos como El Proceso, La Metamorfosis o El Castillo soñaba con un lugar apartado de la civilización humana, de toda molestia, ruido, iluminación excesiva que distrajera su atención, un lugar donde solo existieran sus libros una mesa y la luz de un pequeño candelabro. Solo una vez al día una mano se extendería por una abertura con un plato de comida y agua. Ese lugar era el paraíso para Kafka. Pero dejemos hablar al propio escritor checo: en su Carta a Felice Bauer le confiesa: Muchas veces he pensado que la mejor forma de vida, para mí, consistiría en recluirme en lo más hondo de un sótano espacioso y cerrado, con una lámpara y todo lo necesario para escribir. Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera, tras la puerta más exterior del sótano. Ir a buscarla, en camisón, a través de todas las bóvedas del sótano, sería mi único paseo. Luego regresaría a mi mesa, comería lenta y concienzudamente, y en seguida me pondría otra vez a escribir. ¡Las cosas que escribiría entonces! ¡De qué profundidades las arrancaría!”

En mi libro LOS MÚLTIPLES DESTINOS he intentado recrear su deseo:

EL SOTANO DE KAFKA

Feliz estoy en este pozo, en este
capricho de mi vana arquitectura,
rodeado de inmortal Literatura,
sin nadie alrededor que me moleste.

En esta cueva taciturna, oscura
sepulcro de un deseo tan macabro,
a la ligera luz de un candelabro,
esclavo soy de múltiples lecturas.

Si no fuese por esa terca mano,
que atravesando un hueco en la pared,
recuérdame del hambre y de la sed

que debe de saciar un ser humano,
acaso olvidaría mi sombrío
destino de escritor…y de judío.

Luciano Cavido

Comentarios

Te puede interesar

La decisión de ser poeta

La decisión de ser poeta

Los poemas llegan luego de tomar una decisión, es decir, ser escritor es una decisión. …