El escritor. Ese otro Rey Midas

En la mitología griega, Midas era rey de Frigia, e hijo de Gordias. Tenía una hija llamada Zoe. Por su hospitalidad con Sileno, Dioniso le otorgó el poder de convertir en oro todo cuanto tocara. Viendo que no podía comer los alimentos que a su contacto quedaban transformados en dicho metal, pidió al dios que le liberara de su don, para lo cual tuvo que bañarse en el río Pactolo, que desde entonces contuvo arenas auríferas.

Ese poder otorgado a Midas es comparable al don del artista que todo cuanto ve, toca, huele, escucha o dice, es materia para su arte. El artista esta todo el tiempo Asediado por las cosas que le rodean. Por los sueños, los recuerdos no solo de el, sino de sus pares y de todo cuanto este a su alcance. Se cuenta que el Hombre atormentado por la idea de la muerte, pidió a los dioses que le otorgaran una virtud que hiciera olvidar siquiera un instante tremenda noticia. Dicen también, que dicho pedido fue inmediatamente concedido y que este camino por el mundo un poco mas feliz. Pero, ¿el don del Arte hizo mas feliz al Hombre?.
Para responder esta pregunta tenemos muchos nombres de ilustres artistas que lejos de ser mas felices desarrollando su don, fueron hombres atormentados por la carga de su virtud. Virtud que tampoco pudieron aunque quisieran impedir.

Ernesto Sabato dejo la física para dedicarse a la literatura y esto debería haber hecho del gran escritor argentino un ser mas feliz, pero no fue así. Su obras llegaron hasta nosotros gracias a su esposa Matilde Richter quien las salvo del fuego. Escribir fue para sabato una bendición que lo rescato del suicidio y a la vez una constante insatisfacción. Dijo alguna vez: “La vida se resume a tres sucesos básicos: Agonía, agonía y más agonía.”

Juan Ramón Jiménez se avergonzó tanto de “Ninfeas”,por considerar que era un libro adolescente- que llegó a robarlos de las bibliotecas.
Alicia en el país de las maravillas fue un calvario para su autor, Lewis Carroll. Según una carta que envió a la señora Seymonds en 1891,- el autor reconoce que odia tanto todo eso que a veces piensa que “ojalá no hubiera escrito ningún libro”.
Pablo Neruda publicó “Residencia en la tierra” (1935) para hacer más compleja su técnica. El escritor se sentía orgulloso de su obra, hasta que un hombre se suicidó con ella en las manos.
Lejos de ser un placer, la escritura es una obligada necesidad. Cuantas veces escuchamos decir a nuestros poetas: Me siento asediado por las palabras. Pues bien, este don otorgado por los dioses es a la vez un premio y un castigo.

El escritor seguirá volviendo a oro todo a su alrededor para deleite de sus lectores y para pesar suyo y no podrá evitarlo aunque quiera. Abrir un libro y leerlo es también condenar a su autor nuevamente a revivir el martirio de su virtud.

LUCIANO CAVIDO

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