Abusada sexualmente, violada por la justicia

Tras varios años de sufrir en silencio reiteradas violaciones por parte de la pareja de su madre, Sasha Gonzalez decició contar su historia, impulsada por los episodios de abuso que vivió su hermana menor y que fueron detectados por personal docente de la Escuela Normal Dr Eduardo Costa en el año 2013.

La historia de Sasha, no difiere mucho de la enorme cantidad de niños y niñas víctimas de abuso, o sobrevivientes como muchos de ellos prefieren ser llamados, pero lo lamentable de esta historia como la de varias mas, es que tras haber sufrido a manos de la pareja de su madre y hasta con el consentimiento de esta misma, es la propia justicia, (hoy la causa recae en la ufi N°3 departamental zarate -campana a cargo de Day Arenas), la que hace oidos sordos ante los reclamos de esta víctima y la de otras cuarenta casos mas que quedan impunes en la vecina ciudad de Campana, sucede que el denunciado, JONATAN HEIKELE (PADRASTRO) y LILIAN PLATTNER, madre de Sasha, continúan en libertad conviviendo con los hermanitos de 11 y 6 años de Sasha.

El aberrante periplo de violaciones comenzó cuando la víctima tenía once años y duró hasta que cumplió los 15 años, al igual que su hermana menor que fue abusada desde los catorce años y hoy cuenta con 17 y pasó por varios intentos de suicidio.

Hoy Sasha, con 19 años, lleva sobre sus hombros la dura faena de reclamar justicia para que su progenitora y la actual pareja de esta paguen, aunque sea en parte, por haberles robado su infancia.

Dificil tarea viene cumpliendo desde hace tres años, mas dificil aún cuando el 10% de la población universitaria admite que fue abusado antes de cumplir los 19 años, según estadísticas obtenidas por el Programa de Investigación en Infancia Maltratada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. O por tener una justicia cuyos jueces que no les creen o que calculan que lo sucedido no es grave, porque “los chicos se olvidan y no vamos a estropearle la vida al padre con una sentencia desfavorable…”.
Los datos estadísticos no logran revelar lo que les sucede a las víctimas de estas cifras. Porque es preciso considerar que, con frecuencia, los chicos se sienten culpables por describir lo que padres y abuelos “les hacen”, es decir, sufren a posteriori de haber contado lo que sucedía. Comenzaron a padecer mientras eran victimizados y sobrellevaban el silencio obligados por las amenazas.

El daño que producen estos delitos no está descripto en el Código Penal; allí solamente se acumulan pruebas que los adultos se ocupan de tergiversar o esconder. Algunos magistrados prefieren opinar: “La madre llenó la cabeza de la niña con mentiras”, como si niños y niñas fueran títeres. Las víctimas a veces dibujan con claridad meridiana escenas suficientemente explícitas. Entonces surgen aquellos que contestan “me consta que hay falsas denuncias”, afirmación de jueces o profesionales. Los organismos internacionales que se desgañitan reclamando por estas víctimas viven distraídos y no se han dado cuenta de que están siendo trampeados por madres malevolentes para ganar la tenencia de los hijos en un divorcio.

Ese daño no se limita a quienes conviven con las víctimas o están en sus cercanías. Es el daño simbólico que las organizaciones familiares y la comunidad comparten mediante la indiferencia, porque se han acostumbrado a estas prácticas que no son fenómenos específicamente argentinos.

La estrategia exitosa del violador o abusador se desmorona cuando alguien se presenta en una comisaría o una fiscalía con la víctima, sin imaginar el padecimiento que continuará cuando el niño o la niña advierten que han “traicionado” a su papá o a su abuelo o a otro familiar o al vecino que cuidaba a la nena mientras la mamá trabajaba fuera de su casa. Y empieza a comprender que lo que le sucedió lo convierte en alguien distinto, por las preguntas que le hacen, por los comentarios de los familiares y los de la escuela.

¿Pueden superarse estas experiencias? A veces. No siempre. Lo cierto es que mientras la sociedad en general siga mirando para otro lado, Tendremos mas Sasha, seguiran impunes mas monstruos, como JONATAN HEIKELE y LILIAN PLATTNER, y solo quedará llorar a quienes superados por el trauma bajen los brazos y faltos de esperanza, pierdan la vida.

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